Jun 4
Volando como polizón en un DC8
Una historia sorprendente que me llega vía windshear de como dos chicos de 16 y 17 años intentan salir de la isla de Cuba. El protagonista de esta historia nos relata como fue este viaje de polizón en un DC8 de Iberia, que en aquel entonces hacía la ruta Habana – Madrid una vez por semana. Pero no la hicieron ni en la cbina de pasaje ni en las bodegas de carga. Lo hicieron nada más y nada menos que en las bodegas del tren de aterrizaje!
La verdad es que hay que estar muy loco para intentar hacer lo que hacen y ver como nos lo cuenta Armando Socarrás, uno de esos chicos que inmortaliza la historia completa en Extracrew.
Foto: Antonio Camarasa
Aquí os dejo un fragmente para abrir boca
Los motores del DC-8 de Iberia tronaron en un ensordecedor crescendo mientras el gran avión rodaba hacia el lugar en el que nos encontrábamos acurrucados entre la alta hierba, justo al final de la pista del aeropuerto de José Martí, en La Habana. Durante meses, mi amigo Jorge Pérez Blanco y yo habíamos estado planeando viajar como polizones en el compartimento para las ruedas de este vuelo, el Iberia 904, que enlazaba sin escalas La Habana con Madrid una vez por semana. Ahora, en el atardecer del 3 de junio de 1970, nuestro momento había llegado.
Nos dimos cuenta de que éramos bastante jóvenes para estar tomando tan gran riesgo, yo tenía 17, Jorge 16. Pero los dos estábamos determinados a escapar de Cuba, y nuestros planes habían sido cuidadosamente decididos. Sabíamos que los aviones comerciales de salida rodaban hasta el final de la pista de 11.500 pies, paraban momentáneamente antes de dar media vuelta y después aceleraban estruendosamente por la pista para despegar. Llevábamos zapatos con suela de goma para ayudarnos a trepar por las ruedas y cargábamos con cuerdas para asegurarnos a nosotros mismos dentro del compartimento para las ruedas. También habíamos tapado nuestros oídos con algodón como protección contra los alaridos de los cuatro motores. Ahora estábamos tendidos sudando de miedo mientras la enorme aeronave giraba sobre sí cambiando de postura, el avión despegaba aplastando la hierba de nuestro alrededor. “¡Vamos a correr!”, le grité a Jorge.
Corrimos sobre la pista y esprintamos hacia las ruedas de la parte izquierda del avión momentáneamente parado. Cuando Jorge empezó a trepar por los neumáticos de 42 pulgadas de altura, vi que no había espacio suficiente para ambos en un solo compartimento. “¡Probaré en el otro lado¡”, grité. Rápidamente, trepé por las ruedas de la derecha, me agarré a una punta y, girando y retorciéndome, me empujé a mí mismo dentro del oscuro compartimento. El avión empezó a rodar inmediatamente y me agarré a alguna maquinaria para evitar caer. El estruendo de los motores casi me ensordece.
Cuando empezamos a ser transportados por el aire, las enormes ruedas dobles, todavía ardiendo por el despegue, empezaron a plegarse en el compartimento. Intenté allanarme a mí mismo contra la cabecera, mientras se acercaban más y más entonces, desesperado, las empujé con mis pies. Pero presionaron fuertemente hacia arriba, apretándome aterradoramente contra el techo del compartimento.
Para continuar leyendo, el artículo original está en ExtraCrew
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2 comentarios2 Comentarios
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Hay que estar muy loco cómo para meterse ahí…
Menos mal que he superado mi etapa del miedo a volar
jajajaja bueno es saber que no tienes miedo a volar! Si no menuda paradoja la tuya